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Cada vez menos referentes

Hubo una época llamada los ochentas, en la que no había Netflix. Era un tiempo fantástico en el que tampoco había Amazon Prime o HBO Max. Ni siquiera había Youtube o canales de cable. Lo único que teníamos era radio FM o AM y canales de televisión. Existían leyendas de canales que se transmitían por otra frecuencia llamada UHF y que para captarla necesitabas una antena especial. Pero para todos los demás ciudadanos apenas había cinco canales. Y los programas que pasaban por ahí era el referente para todos nosotros.

De entonces a ahora hemos evolucionado a una sociedad con muchísimas más opciones. En ese entonces, todos veíamos prácticamente lo mismo. Todos veían los mismos programas políticos dominicales, de tal manera que todos íbamos a trabajar al lunes sabiendo lo que comentaríamos al respecto. A la hora del almuerzo vendría la pregunta inevitable “¿vieron anoche que…?”. Los más jóvenes comentarían el último episodio de V, Invasión Extraterrestre. Y otros comentarían el mejor sketch de Carlos Álvarez del fin de semana. Pero al final de cuentas, todo el país habríamos podido ver apenas cinco canales, así que teníamos pocos puntos de referencia.

Ahora hay tanto que ver, que ya no tenemos esas referencias comunes. Ya no vemos lo mismo. ¿Cómo podríamos? Con tantas opciones y con tantas posibilidades. La revolución digital redujo los costos de producir el material. Un estudio que gastaba millones en la producción de la temporada de una serie, por el mismo dinero puede producir ahora varias series distintas al mismo tiempo y diversificar el riesgo de su operación. Los espacios en los canales, que eran limitados, ahora son infinitos gracias a las múltiples plataformas a las que tenemos acceso.

La revolución digital también redujo los costos de la distribución. Antes hacía falta enviar copias físicas de las películas para que éstas puedan ser exhibidas en los cines. De hecho, se enviaba menos copias que salas de cines, por lo que hacía falta partir la película en rollos con partes del filme y tener a motociclistas dando vueltas por la ciudad repartiéndolas, de tal manera que si un cine en Miraflores comenzaba a las 5.00 pm, otro en San Isidro podría empezar a mostrar la misma película a las 5.15 pm y otro en San Borja a las 5.30 pm. Siempre y cuando tuvieses al motociclista yendo de un cine a otro llevando la copia de los primeros 15 minutos de la película, este sistema funcionaba.

Ahora ya no. Ahora vemos la película por streaming, en una versión digital que puede ser infinitamente vista o copiada sin restricción tecnológica. La restricción, entonces, pasa a ser legal. Algunos países reconocen que estos derechos de propiedad intelectual son importantes, porque promueven más inversión en más producciones. Otros países, como Perú, pues, no tanto. No debería ser sorpresa, entonces, que no tengamos industria cinematográfica.

Lo mismo pasa con la música. Antes todos escuchaban básicamente los mismos discos de vinilo. Ahora, con la posibilidad de escuchar lo que sea de cualquier parte del mundo en Spotify, escuchar todos lo mismo es un desperdicio. Lo mismo pasa con los videojuegos, con las novelas, con los destinos de viajes, etc, etc. Todo esto nos ha permitido personalizar nuestra experiencia de vivir en este mundo a nuestros
gustos particulares.

Lamentablemente esta tendencia no ha llegado aun a todos los aspectos de nuestra cultura. Educación, por ejemplo, es un campo en el cual aun hay mucha resistencia a aplicarla. Sorprende, porque mucha investigación sugiere que sería el siguiente paso necesario para hacer que la educación sea más efectiva.

(Originalmente publicado en Revista Stakeholders)

(Fotito de Universidad Manuela Beltrán)

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