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Antes de los audiolibros

El concepto de contar cuentos o novelas enteras en formato sonoro existe desde que Edison inventó el fonógrafo en 1877. De hecho, por las notas de Edison sabemos que una de las aplicaciones que él planeaba para su nuevo aparato eran los “libros fonográficos”. Algunas historias cortas fueron vendidas en cilindros que se pudieran reproducir en las distintas versiones del fonógrafo a finales del siglo 19 y a inicios del siglo 20. No obstante, éstas llegaban a máximo cuatro minutos, lo cual era impráctico. Luego se aplicó una nueva tecnología que permitía historias de 12 minutos, pero seguía siendo insuficiente. Para 1920 se comenzaron a vender grabaciones de 20 minutos que ya resultaba comercialmente más interesante.

Los audiolibros comienzan a ganar notoriedad en 1931, cuando la Fundación Americana por los Ciegos y el Proyecto de la Biblioteca del Congreso Libros para los Adultos Ciegos se juntaron e iniciaron la producción de material en audio para veteranos de la primera guerra mundial y otros adultos con problemas de vista. Se hicieron pruebas y luego se plantearon la misión de generar inventario a bajo costo. Así fue que Estados Unidos colaboró con un programa británico parecido y juntos se pudo levantar una cantidad suficiente de libros leídos, que iban desde novelas de Agatha Christie hasta poemas de Edgard Allan Poe.

Hubo otras iniciativas que iban en esa misma dirección. Pero el primero en convertir esto en un negocio sostenible fue Caedmon Records. Fue una de las primeras empresas dedicadas a vender grabaciones, lo que luego se convertiría en la industria de los autolibros. Caedmon Records fue la creación de Barbara Holdridge y Marianne Roney. Ellas vieron la oportunidad en el uso de discos de vinilo, una tecnología introducida al mercado en 1948. Los discos de vinilo sí eran prácticos y más baratos. Sin embargo, en ese entonces los discos tenían una duración máxima de 45 minutos, lo que impedía que pudieran incluir novelas completas. Sus productos incluían poemas, cuentos, guiones de teatro.

Barbara Holdridge había pasado toda su vida en Nueva York, una ciudad con un movimiento cultural muy activo. Después de graduarse de Columbia, trabajó en la editorial Liveright Publishers, mientras que su amiga Marianne trabajaba para un productor musical. Cuando se enteraron de que el poeta galés Dylan Thomas hablaría en un local del YMCA, fueron a escucharlo leer su poesía. Al final estuvieron tan conmovidas, que le hicieron llegar una nota ofreciéndole un negocio: Grabarlo leyendo sus propios poemas, para luego venderlo en disco bajo un nuevo sello que estaban iniciando, Caedmon Records. Thomas aceptó, logrando dos objetivos: Consolidó su carrera de poeta y puso los primeros cimientos para lo que sería luego la millonaria industria del audiolibro.

Con esta experiencia, las dos socias instalaron una pequeña oficina en Nueva York y comenzaron a invitar a poetas a difundir su obra a través de grabaciones. Caedmon Records se dedicó por un buen tiempo a publicar discos de autores reconocidos leyendo su obra. Entre estos autores tuvieron ni más ni menos que a T. S. Eliot y Ernest Hemingway. Experimentaron publicando también cuentos para niños, discursos famosos, obras de teatro actuadas por actores célebres como Albert Finney y Vanessa Redgrave. En algunos casos buscaron que personalidades lean material de otros autores. Por ejemplo, Vincent Price y Basil Rathbone.

Para 1959, Caedmon Records ya tenía ingresos por medio millón de dólares. Para 1966, llegaba a los US14 millones y contaba con 36 empleados. En 1970 Holdridge y Roney vendieron la empresa, que terminó siendo adquirida en 1987 por el grupo HarperCollins, no sin antes haber hecho historia.

(Originalmente publicado en Negocios eBiz)

(Fotito de arriba: Alan Aplin)

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